Pero, ¿qué significa en concreto este lema, “Sólo por gracia”? Pues significa, en primer lugar, que el hombre es pecador, y no sólo esto, sino que se encuentra profundamente hundido en el pecado. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51,5); “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3,10); “Las iniquidades prevalecen contra mí” (Salmo 65,3). El hombre es, de por sí, en su misma esencia, en todo su ser, pecador. Todo hombre que viene a este mundo, por el hecho de nacer hombre, es contado entre los pecadores, ya que el primer hombre se rebeló contra Dios. Si la raíz de la raza humana, Adán, pecó, también las ramas, todos sus descendientes, están en pecado. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5,12).
Nada puede hacer el hombre para dejar de ser pecador. Todas sus obras están manchadas de pecado. Incluso sus obras de justicia. “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Isaías 64,5). El bautismo mismo, se administre en la infancia o en la edad adulta, no lo puede quitar. “El pecado de Judá escrito está con cincel de hierro y con punta de diamante; esculpido está en la tabla de su corazón” (Jeremías 17,1); “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva – no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios – por la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 1,21).
Así que, ¿dónde están esas buenas obras, esos méritos, que el Dios de justicia y santidad infinitas está obligado a premiar? “¿Traerá el hombre provecho a Dios? Al contrario, para sí mismo es provechoso el hombre sabio. ¿Tiene contentamiento el Omnipotente en que tú seas justificado, o provecho de que tú hagas perfectos tus caminos” (Job 22,1); “Si fueres justo, ¿qué le darás a Él? ¿O qué recibirá de tu mano?” (Job 35,7).
Ni siquiera el hecho de creer en Jesucristo es un mérito que se contrae para con Dios. Tan apegados estamos a sentirnos importantes, que hasta esa idea se nos puede pasar por la cabeza. Sin embargo, ya lo vimos al principio, la fe misma es un don de Dios (Efesios 2,8). Y Filipenses 2,13 dice: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad”. El hecho mismo de creer, pues, sigue siendo una gracia, y no una obra o un mérito. Mejor, pues, quitarnos esa idea de la cabeza.
Ser salvo “Sólo por Gracia” significa, en tercer y último lugar, que Dios es el único actor de nuestra salvación. Es Dios, sólo Él y no nosotros, quien, en Cristo y por Cristo, nos salva de nuestros pecados. Y esto, lo afirma la Escritura repetidas veces. “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo… que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5,18-19); “Mas Dios muestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5,8); “Y llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados” (Mateo 1,21).
La importancia de la afirmación de la Reforma, y de la Escritura, de que somos salvos “Sólo por Gracia”, ha de ser muy tenida en cuenta. Si la salvación es por obras o por méritos, no es por gracia, y si es por gracia, no hay obras o méritos que nos salven. Si es por obras o méritos, la salvación es un salario o una deuda. El hombre tiene entonces de qué gloriarse. Aunque sea sólo un poquito, da igual. Él ha contribuido, si ha sido salvo es gracias a lo que él mismo ha hecho. Los demás pueden felicitarlo, admirarlo por su celo y abnegación, llamarlo “su santidad” y cruzar la calle tan sólo para besarle la mano. Él puede incluso felicitarse a sí mismo, venir al templo y, como el fariseo, decir “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres”… Sin embargo, si la salvación es por gracia, y sólo por gracia, entonces la salvación es un acto exclusivamente de misericordia divina. En nada mejores que los demás, el Señor nos amó en Cristo, nos dio a Cristo para conocer Su amor y fuimos así salvos.
“Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados… y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos” (Efesios 2,1.3-5).
Querido amigo, ¿tienes conciencia, tienes la seguridad, de haber sido salvo, por Cristo, sólo por gracia?
Jorge Ruiz