Idolos evangelicos ¿dignos de aplausos?
Con esta manera de halagarnos a nosotros mismos, nuestros cultos se parecen cada vez más a esos inaguantables programas de televisión, esos en los cuales sus animadores se brindan elogios mutuamente y se echan flores entre ellos sin ningún pudor. Si agregamos a esto un coro más que dispuesto a lucirse personalmente en vez de guiar la alabanza de la congregación, tenemos dentro de la iglesia el “set” televisivo perfecto. Sólo faltarían las cámaras y los comerciales
Parece dudoso que Cristo desee hacerse presente, y mucho menos escuchar oraciones, en medio de tanta frivolidad. Si es verdad que nuestros templos han de ser llamados “casa de oración” (1 Reyes 8:26-66), entonces, estas prácticas están allí fuera de lugar. Más aún, insistir en ellas puede dar como resultado que se cumpla lo que está escrito: “y esta casa, que estaba en estima, cualquiera que pase por ella se asombrará, y se burlará, y dirá: ¿Por qué ha hecho así Jehová a esta tierra y a esta casa? Y dirán: Por cuanto dejaron a Jehová su Dios, que había sacado a sus padres de tierra de Egipto, y echaron mano a dioses ajenos, y los adoraron y los sirvieron; por eso ha traído Jehová sobre ellos todo este mal.” (1 Reyes 9:8,9).
Habría que decir también que, cuando aceptamos estos aplausos baratos, nos estamos robando a nosotros mismos el posible premio que pudiésemos merecer por haber hecho algo meritorio. ¿No dice el Señor que los que hacen buenas obras para ser vistos por los demás ya recibieron su recompensa? (Mateo 6:1-6). Algunos pastores justificarán esta tolerancia diciendo que los hermanos “deben ser estimulados”. ¿Es que un cristiano debe actuar por algún otro estímulo que no sea el amor y el servicio al Señor? ¿Es que el Señor Jesucristo andaba buscando el aplauso cuando se dejó crucificar en el Gólgota?
De todos modos, es bastante difícil que ante los ojos de Dios merezcamos esos aplausos que tan alegremente nos propinamos entre nosotros mismos. “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10). Además, todas nuestras buenas obras son como trapo de inmundicia (Isaías 64:6). ¿De qué nos envanecemos o de qué nos gloriamos al recibir esos aplausos?
Pero lo más grave es que, al prorrumpir durante un culto, en aplausos dirigidos a otros seres humanos, le estamos robando a Dios la honra y la gloria que sólo Él merece.
Cuando Dios, a través de Moisés empieza a revelarnos su carácter, su personalidad íntima, lo primero que nos señala es que Él es un “Dios celoso”. Antes de hablar de su condición de Dios único, antes de hablar de su misericordia y de su amor, antes de hablar de muchas otras cosas acerca de su persona, nos advierte de que Él es fuerte y celoso (Éxodo 20:5, Deuteronomio 5:9). Más adelante afirma taxativamente: “…pues Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es” (Éxodo 34:14). ¿Acaso no estamos provocando a ira esos celos cuando, en su propia casa, en su casa de oración, irrumpimos en aplausos dedicados a las criaturas y no al creador?
“Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios…” (Éxodo 20:9,10; Deuteronomio 5:13,14) ¿Pensamos livianamente que hemos de salir indemnes después de habernos alabado nosotros mismos justo en ese momento de la semana que debió haber sido apartado para Su exclusiva alabanza, habiéndonos dado el Señor los otros seis días de la semana para gozarnos en nuestras propias obras?
Digamos ¡Basta! Es ya hora de reaccionar frente a este despropósito, rayano en la blasfemia, que ya parece moda. Ojo con la advertencia de Josué: “…porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados” (Josué 24:19).
Extraido de: ALIANZA CRISTIANA Y MISIONERA DE CHILE
En el siguiente video podemos apreciar los aplausos y vítores a dos conocidos “ídolos cristianos” a quienes sus fanáticos siguen incondicionalmente. (Cash Luna y Dante Gebel de el minuto 3:40 aprox.)

1 Corintios 14
7 Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara?
El sonido de un aplauso masivo, por sí mismo, no da distinción en su dirección u objetivo. Está ambigüedad gusta bien a nuestra vanidad como predicadores o “artistas”; es soez no reconocerlo.
Respondamos al trinar del verdadero Artista con sonido claro en su dirección, y distinguible en la unanimidad:
¡Gloria A DIOS! ¡gloria A DIOS! ¡gloria A DIOS! para siempre.
AMÉN
El aplauso (del latín applaudere) es principalmente la expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido.
El aplauso es el sonido que se produce al estrellar la palma de una mano con la otra, y se realiza para “APROBAR” lo realizado por un tercero. Mediante este acto, el gestor de alguna actividad, busca el reconocimiento de terceros, el caso contrario (no aplaudir) es señal de reprobación.
DIOS no necesita ser APROBADO, DIOS debe ser GLORIFICADO, DIOS es digno de todo honor y de toda gloria; por lo tanto, es evidente que el aplauso es para “inflar” el ego de los hombres que buscan el aplauso de los hombres para satisfacer su vanidad.
¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! para siempre,
AMEN
Idolatría, adoración, en este caso, a un par de hombres, (Cash y Dante) donde sus fanáticos los aplauden a rabiar y le compran todo lo hacen, diciendo: No importa que y como hagan, por que lo hacen para Dios.
La “farandula cristiana” se ha tragado a muchos jóvenes incautos que confunden sus emociones y sentimientos de idolatría y vanidad con la presencia de Dios.
El prostituido mercadeo del consumismo evangelico, es una maquina diabolica donde todo vale con tal de vender más libros llenos de mentira, música pagana y sensual con el objeto de hacer dinero, y llenar congresos y estadios con borregos lisongeados incondicionales a sus idolos cristianos de barro.
La Santa Biblia dice:
Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira.
Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo.