¿SIERVO DE DIOS O SEÑOR DE LA CASA?

“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá” (Mt. 24:46-47)

 

La Santa Biblia nos enseña que la esposa de Jesucristo es la Iglesia (2ª Cor. 11:2), y representa lo más precioso para Dios ya que está constituida por todos los creyentes comprados con la preciosísima Sangre de su Hijo, Jesucristo. Además, la Iglesia es su cuerpo (Col. 1:24), la Casa del Dios Viviente, columna y baluarte de la Verdad (1ª Ti. 3:15). Y debe entenderse con diáfana claridad que no estamos hablando de las “organizaciones o denominaciones religiosas”, por muy buena fama que tengan.

Ahora, aquí en la tierra, mientras la esposa aguarda al Esposo, Dios ha colocado “siervos” (mayordomos) para que la “sirvan” y atiendan a sus necesidades. Como las necesidades de la Esposa (La Iglesia) son sobrenaturales, los siervos (pastores) deben ser “dotados de dones espirituales” (1ª Cor: 12:28); y solo de ésta manera serán competentes para realizar su labor (2ª Cor. 3:5). De ninguna manera sirven los talentos o virtudes naturales (1ª Cor. 2:14) del hombre para realizar tan delicada y espiritual gestión.

Los siervos de Dios nada propio aportan para cumplir con tan noble tarea, no hay virtud, ni talentos, ni capacidad humana, sino que nuestra competencia proviene directamente del Espíritu Santo (2ª Cor. 3:4-6) y, de ninguna manera tiene que ver con el potencial intelectual o las capacidades naturales de la carne o como la mentira que se sustenta en este tiempo consistente en que Dios “despierta” al campeón que “tenemos” adentro. Nadie es “capaz” de cumplir con esta tarea, solo Dios las realiza a través de los que por El son elegidos. Sigue leyendo